domingo, 25 de octubre de 2009

La muerte le madrugó a Rodolfo

La muerte le madrugó a Rodolfo

Era sábado y podía quedarse un poco más en la cama. Además estaba tan feliz que jamás pensó que podría morir ese día. Rodolfo siempre fue un guerrero, un irreverente y sobre todo de gran tozudez. Si una idea se le metía entre ceja y ceja no descansaba hasta lograr sus propósitos. El olor a café recién colado lo sacó de la cama. En pantaloneta y con la calva al aire fue hasta la cocina y le pidió un tinto a su mujer. Ella le sirvió en un pocillo grande y lo vio resoplar bajo el bigote con gusto y apuro. Nunca pensó que sería el último tinto de su marido. Este, reanimado con el café tomó el teléfono y marco a su amigo entrañable de la adolescencia. Con voz de triunfo y acalorado le informó de la orden de captura que se había traído de Popayán contra el exalcalde. -Ya puedo morir tranquilo- dijo Rodolfo entre carcajadas, sin saber que estas palabras se convertirían un poco más tarde en un vaticinio de su propia muerte.

Su mujer siguió alistando el desayuno mientras Rodolfo mas relajado, devoraba el periódico del día anterior que no había tenido tiempo de leer. Los pericos chirriaron en la cacerola y Rodolfo de un largo y sonoro bostezo le anunció a su mujer que quería desayunar. Volvió a la habitación y se estiró cuan flaco era sobre la cama y siguió leyendo el periódico hasta que las ollas sesaron de sonar y una de las hijas le anunció el desayuno. Comió como si nada. Habló con su mujer de los trámites que había adelantado en la capital para lograr que la fiscalía le profiriera orden de captura al exalcalde. Eructó ruidosamente como siempre, repartió carcajadas al aire y luego se quedó un rato contemplando y mimando a su nieta Manuela.

El chorro del baño le anunció a su mujer que saldría un poco más tarde que de costumbre. Rodolfo se colocó la ropa con alegría, se abotonó la camisa de cuadros y se acicaló su cachucha gris. Su mujer no recuerda si se lavó los dientes pero alcanzó a escuchar sus gritos en el antejardín de la casa para avisarle que venía el carro de la basura. Solo lo imaginó doblando la esquina con su paso alegre. No lo vio más. Al cabo de una hora Rodolfo moría con seis balas en el cuerpo que ni aún al provocarle la muerte, le pudieron borrar de los labios esa sonrisa de satisfacción de haberle ganado aún después de muerto, la partida al exalcalde. Este tendría que seguir ahora si, prófugo de la justicia, el por lo menos se había ido pero bien despedido, en medio de una multitudinaria marcha de repudio de su querido pueblo, su familia, sus amigos y compañeros.

Paradójicamente el día de su muerte los contrarios políticos guardaron silencio un silencio tan cómplice como sospechoso. Rodolfo inspirador de toda suerte de cuentos, pasquines y anónimos por parte de los contradictores políticos se fue aquel domingo caluroso de diciembre sin que se escuchara un solo comentario de sus enemigos, todo fue tan evidente que el retrato de cuerpo entero que su mamá tiene colgado en el comedor de la casa paterna parece burlarse de todos, desde nosotros sus amigos siempre asustadizos y faltos de verraquera, esa que a él le sobro y rayaba en la imprudencia, hasta de sus enemigos, a quienes no les dio el gusto de verlo envejecer sentado en el parque de las palomas caídas.