Un día cualquiera jugó con el fuego de los dioses
Se acercó demasiado a su llama,
Por curiosidad, por lo que fuera,
A pesar de todo, a pesar de ella.
Sintió en lo profundo que el miedo encadenaba sus alas
Los silencios se hicieron huecos donde se precipitaba
El alma, a una oscuridad sin destino.
El amor tocaba su puerta entreabierta
E intentó inútilmente cerrarla.
Entonces los días se tornaron grises,
Las noches fueron inmensamente vacías y largas.
Aunque también las mariposas aletearon el vientre.
Se valió de argumentos, de toda suerte de pócimas
Para adormecer sus sentidos
Y apartarse de ese fueguito que avivaba la entraña.
Al final, no pudo resistirse, la puerta fue abierta,
Sin permiso, sin consideración,
Como el juego que era, peligroso y temido.
Fue demasiado tarde, aun para el miedo
Que escarchaba sus ganas,
El amor le llegó y para su asombro,
Le pintó las alas.
