El Rincón de la Palabra y los Gestos Mudos
DIECISIETE AÑOS DESPUES
La calle estaba abarrotada de gente de todo pelambre y olores con el afán en los rostros y las piernas, buscando aquí o allá el detalle apropiado bonito y barato como vociferaba un paisa de ancho bigote agitando camisas de colores chillones – a 10 a 10 llévelo a 10- pero nadie se detenía, la prisa seguía corriendo treinta arriba treinta abajo y pocos compraban algo. No hay plata decía la señora gorda que esperaba paciente al hijo regateando una tarjeta de navidad y yo la miraba y pensaba si sería casada o divorciada o simplemente una más de las abandonadas a su suerte cuando frisaban los cincuenta y los kilos de más se depositaban en el abdomen y las caderas en forma boteriana.
Sumergida en el calor endemoniado y pegajoso y los pitos de los carros apenas si me di cuenta que lo tenía al frente diecisiete años más viejo y cansado, mirándome con ojos de perro viejo y una sonrisa cálida esa que me enamoró años atrás. Sus manos seguían tibias y suaves, pensé, mientras lo saludaba un poco sofocada. Qué grata sorpresa musitó y me apretó las manos con las suyas en un gesto delicado y sincero. Luego llegaron las preguntas de rigor, que si estaba solo por navidad en el pueblo, que si todavía seguís en el Cauca, que te ves muy linda y todas esas cosas que me sonaron familiares. Mis ojos lo recorrieron con avidez como constatando que diecisiete años se ven y tiene marcas en la piel. Él seguía igual en su sordera, por eso no me esforcé en preguntar mucho, pues seguía preguntando por los amigos comunes como si yo hubiera preguntado. - y si sabes que el indio se volvió comerciante y ya no hace teatro y el Juan Carlos sigue igual coleccionando mujeres lindas e hijos sin padre y el Samuel ya es escritor y yo sigo exponiendo en galerías y claro, voy a cumplir treinta años de vida artística y pienso exponer en cuatro ciudades y claro me gustaría que me acompañaras y yo, yo mirando su bigote gris, su pelo alborotado, las mismas ojeras, sus ojos cafés grandes con esa mirada tierna que me enamoró y él, ajustando todo el tiempo el volumen del audífono que lo mantiene conectado al mundo del ruido, resoplando con fuerza como caballo cansado, mandándose la mano con frecuencia a la corona como constatando que todavía le queda pelo. Si el tiempo pasó no nos dimos cuenta. Me acompañó a terminar mis compras casi con resignación pero insistiendo en un nuevo encuentro. A esa altura los recuerdos se habían instalado en mi, desde aquel día que lo conocí enamorando una compañera de teatro hasta cuando surcamos el amor como un sembradío de nostalgias y apegos que finalmente sucumbió al tiempo y las circunstancias de haber sido el padre del hijo que no nació. Luego nos despedimos intercambiando los números telefónicos y lo vi perderse entre la multitud con su caminado de siempre, moviendo su brazo izquierdo como marchando, talvez un poco más delgado, un poco más envejecido, eso si no pude percibir si seguía oliendo dulzón o a pinturas y óleo. Reaccioné tarde quise preguntar si estaba solo o acompañado pero ya había doblado la esquina presuroso como siempre.
Las flores de colores del jardín interior de la casa de Doña María contrastaban con el gesto huraño y triste de su rostro surcado de arrugas y esperas. Tenía el pelo lacio peinado en dos trenzas que caían con descuido en los hombros. Se balanceaba a los lados como pata vieja y cansada y siempre estaba murmurando conversaciones ininteligibles, como rumiando sus rabias y recuerdos.
La artritis había deformado sus manos siempre crispadas como garras deformes y las bolsas debajo de los ojos le daban un aspecto abotagado y de cansancio.
Doña María se levantaba tan temprano o más que los gallos de la vecina del lado derecho que gritaban desde las cuatro de la mañana. Arrastraba los pies como quien arrastra una pena muy grande y desde esa hora empezaban sus conversaciones y maldiciones en susurro.
La casa era amplia y vetusta, con tres patios en tierra debidamente encerrados. El cercano al comedor para las matas de jardín con flores multicolores siempre. El segundo patio para los trebejos del hermano único que la visitaba cada quince días y el último patio ancho y espacioso, oloroso a orines y almizcles con toda suerte de animales, desde pájaros y pericos hasta una ardilla pequeña o el mico travieso y vulgar siempre haciendo caras y remedando a Doña Maria.
Al mes de vivir en esa casa vieja y silenciosa supe por su boca que el hijo único de crianza que tenía se había ido hacia 10 años sin que ella supiera desde entonces nada de él. Mantenía una foto encima de una mesa de noche junto a la cama de un joven negro de ojos brotados y cabellos hirsutos con un sombrero en las manos y gesto asustadizo. Hasta allí llegué aquella tarde que regresé del trabajo y me percaté que doña María no se había levantado de la cama. Ardía en fiebre y el vaho de los virus rondaba la habitación. Me escurrí hasta allí en un gesto solidario pues apenas si soportaba los olores de fiebre, mentolate y trementina que había utilizado hasta el momento.
Después de prepararle una infusión de pronto alivio me dijo que me sentara en un sofá desvencijado donde uno debía permanecer tan quieto para evitar que sonara como matraca sórdida. Allí en medio de la fiebre y la soledad comenzó a relatarme su verdadera historia. Llevaba diez años esperando el hijo que huyó de ella y sus ataduras, para perderse en la noche, una noche que no regresó jamás.
Se imaginaba varias historias desde que lo habían matado por robarlo hasta que se había enfilado en la guerrilla. Por boca de Doña María supe que en la época de la violencia los pájaros, así les decían a la chusma conservadora había violado a casi todas las mujeres del pueblo. Por eso cuando salía a la calle no podía evitar mirar a las mujeres y si calculaba más de 50 años evidentemente habían sufrido semejante vejamen.
Unos meses después de abandonar esa casa y tomar un apartamento para mi sola conversando con una vecina supe la triste realidad. Ese joven negro de ojos brotados de la foto de Doña María era un jovencito que ella había criado pero como era tan jodida y estricta el joven se aburrió. Así que un día sin decir nada se fue, se fugó de las manos de María que para ese entonces por la artritis empezaban a convertirse en garras deformes, como deforme el amor maternal de ella que siempre había estado medio enamorada de él, por eso espantaba a cuanta jovencita se acerba a la casa o conversaba con el hijo, eso murmuraban los vecinos…. Finalmente Doña María se fue al otro lado del mundo murmurando y mascullando a solas, con la pena henchida en el pecho y la foto del hijo que se quedó cubierta de polvo en la mesa de noche.
LA DESCONOCIDA
Silvia se quedo largo rato observando la cartulina en blanco imaginando su siguiente diseño. Era el reto de la tarde, como siempre cuando comenzaba a pintar. Después solo la madrugada fría la haría levantarse para irse a dormir.
Tras el vidrio de la ventana lateral de la tienda de diseños los carros, las bicicletas y los transeúntes pasaban como en cámara lenta sin que un solo ruido llegase a sus oídos. A Silvia esto se le antojaba como una pantalla de cine mudo desfilando frente a sus ojos. Sabía que hacia calor afuera por la mirada achinada de la gente presa del destello del sol sobre el pavimento, por los movimientos de aflojarse la corbata o desabotonar discretamente el botón de una blusa.
Contrastaba el paisaje exterior con la calma y frescura de la tienda donde una melodía chilena sonaba y se esparcía quedamente.
Las pinceladas de colores se congelaron en la cartulina cuando sus ojos la vieron llegar a la tienda. Los cabellos rizados, el mechón de canas al lado derecho y esos ojos grandes y melosos le capturaron la atención en aquella tarde fría. Casi podía sentir su respiración rítmica bajo unos senos pequeños y erectos, las piernas largas y fuertes que escapaban al pudor de una falda larga de colores.
Ella comenzó a observar con detenimiento las tarjetas y sonreía o asentía como si se preguntara y contestara a la vez. Tenía una radiantez como de aura de ángel. La vendedora que ayudaba a su hermano en la tienda salió solícita al encuentro de la recién llegada y entonces escuchó su voz. Como un susurro para sus oídos y su soledad. Ella tomó tres tarjetas del mostrador y en ese momento se percató que Silvia la observaba. Un hola tímido se escuchó y Silvia respondió casi en un susurro. Nada se movía en la estancia a no ser los ojos de Silvia para no perder detalle de la desconocida. Decidió volver al cabo de un rato de observación sin recato a las pinceladas y empezaron a aparecer trazos indescifrables.
-Podría enseñarme lo que hace? Fue una pregunta que Silvia no alcanzó a contestar sin tenerla al pie de su mesa de trabajo con gesto de curiosidad y admiración.-Puede... mire a haber que le gusta y le tendió un paquete de cartulinas con dibujos terminados. Silvia percibió un aroma muy tenue y discreto en la recién llegada y se quedó hurgando en sus recuerdos. Las alabanzas y preguntadera dejó aturdida a Silvia que se sintió turbada, se incorporó de la mesa y sin mirar la mujer comenzó a lavar los pinceles mientras contestaba sin mirarla.
Los pinceles rodaron por el piso y Silvia pensó si tenía nervios para hablar con una desconocida con ese aroma indescifrable, que le llegaba de la memoria. Era el aroma de la guayaba del patio de su casa paterna, o acaso el sutil aroma de las florecillas amarillas del jardín de su madre. Acaso pudo volver después de casi treinta años de no verla. Era la época de la secundaria y Silvia jugaba a ser mujer con Mario su segundo novio con quien decidió perder las alas y los pudores, pero nunca pudo olvidar aquel beso atropellado hasta que sus labios se juntaron con los de aquella amiga de su adolescencia. Sintió un escalofrío por la espalda como corrientazos intermitentes y le sudaron las manos mientras recogía lentamente los pinceles esparcidos por el suelo.
Quiso reconocer la voz pero no era muy fácil después de tres décadas de silencio. Alzó los ojos buscando el rostro de la desconocida pero sintió miedo y nuevamente se agachó. Le tembló la voz al preguntar.- vive cerca de aquí, quizá mañana u otro día podría mostrarle más tarjetas..... el silencio que siguió la desconcertó y se incorporó rápidamente sobre la mesa de trabajo. Le buscó los ojos pero la chica ya se había ido. Solo el aroma suave de flores silvestres quedó flotando en el aire. Silvia pensó debe ser una visión o me estaba quedando dormida. Abrió aun más sus negros y grandes ojos como para tragarse todo el camino hasta la puerta principal y entonces corrió a la puerta y miró a todos lados. La vendedora salió de la improvisada cocina del local con una taza de café recién colado y el interrogante en los ojos. Que pasa, a quien viste? Silvia mintió.- Creí que alguien estaba tocando, no se. Pero quien respondió la vendedora, apenas voy a abrir la tienda.