domingo, 13 de diciembre de 2009
El adios
Denisse buscó razones y no encontró ninguna. Había esperado días y horas para estar frente a frente. Los ocasos rojos de su pueblo desaparecieron en la memoria. Las tardes de domingo sin prisa y lánguidas se volvieron pedazos de recuerdos inconclusos. Esa tarde mirando al cerro y a esa estancia que le dejaba de espaldas a su amor, supo que se iría por fin de la espera.
El reloj siempre marca la hora del adiós el día menos pensado. Con luna o a media asta no importa. Es como un aliento que se detiene, como una determinación sin reversa. Los adioses no tienen fecha, ni sitio. Ocurren sin más como sumatoria de una determinación que desde lo visceral nos asalta y empuja sin remedio a seguir el camino.
Es como abrir el puño, dejar salir la nostalgia y las lágrimas que nada resuelven. Toca empezar a dar pasos adelante sin volver la mirada, atrás te queda medio corazón estrujado y un dolor sin explicaciones. El adiós es irremediable.
Tu rostro se desdibuja, tu voz se apaga, mi amor se queda en mi, mi paso toma ritmo lejos, muy lejos. No es el desamor lo que me asiste, es la desilusión lo que me queda.
Me voy y creo ni siquiera te das cuenta.
El reloj siempre marca la hora del adiós el día menos pensado. Con luna o a media asta no importa. Es como un aliento que se detiene, como una determinación sin reversa. Los adioses no tienen fecha, ni sitio. Ocurren sin más como sumatoria de una determinación que desde lo visceral nos asalta y empuja sin remedio a seguir el camino.
Es como abrir el puño, dejar salir la nostalgia y las lágrimas que nada resuelven. Toca empezar a dar pasos adelante sin volver la mirada, atrás te queda medio corazón estrujado y un dolor sin explicaciones. El adiós es irremediable.
Tu rostro se desdibuja, tu voz se apaga, mi amor se queda en mi, mi paso toma ritmo lejos, muy lejos. No es el desamor lo que me asiste, es la desilusión lo que me queda.
Me voy y creo ni siquiera te das cuenta.
